10 Feb ¿POR QUÉ CREEMOS EN EL CONOCIMIENTO?
“ Lo único que la mente tiene presente son las percepciones, y es imposible que obtenga ninguna experiencia de su conexión con los objetos. Por lo tanto, la suposición de una tal conexión no se funda en la razón“
El desarrollo de la teoría del conocimiento en Hume se plantea a través de un análisis genético, realizando una disección sistemática de las actividades y facultades de nuestra mente, su estudio es descriptivo más que teórico.
El desarrollo de la teoría del conocimiento en Hume se plantea a través de un análisis genético, realizando una disección sistemática de las actividades y facultades de nuestra mente, su estudio es descriptivo más que teórico.
La génesis de la estructura del conocimiento en Hume, está en la percepción como lo único que está presente en la mente. Las percepciones las conforman las impresiones e ideas; ambas se diferencian por su grado de fuerza o vivacidad. En las impresiones este grado es más intenso que en el de las ideas; las impresiones pueden ser a su vez de la sensación o de la reflexión. La sensación tiene la ventaja de que sus impresiones son originales; las de la reflexión, son copias de la sensación.
Constituyen para Hume las impresiones y las ideas, los elementos del conocimiento que se unen o vinculan mediante relaciones, permitiendo la conexión entre ideas e impresiones; y es por esta asociación como abordamos el mundo exterior, apoyados por la imaginación como reguladora y sus principios universales de asociación de las ideas: semejanza, contigüidad, causas y efecto.
La tercera parte del tratado de la naturaleza humana, se ocupa del conocimiento y de la probabilidad. Comienza con las relaciones filosóficas: semejanza, contrariedad u oposición, grados de cualidad, proporciones en cantidad y número, identidad de relaciones en tiempo y lugar y causalidad.
Las cuatro primeras relaciones dependen de las ideas y son la base del conocimiento. Las tres restantes relaciones: identidad, proporciones en tiempo, lugar, causas y efecto, no dependen de las ideas y son independientes de que el objeto esté o no presente; sólo tienen aplicación dentro del conocimiento como probables en términos de investigación científica.
Existen para Hume siete relaciones filosóficas propiamente dichas en el tratado. En las investigaciones sólo se requiere de tres para fundamentar su argumento acerca de las cuestiones de hecho (lo real).
Apoyado Hume en los elementos enumerados y en las relaciones, divide los objetos del conocimiento en dos: Relaciones de ideas y cuestiones de hecho. A las relaciones de ideas pertenecen la aritmética, el álgebra y la geometría. Tienen la regularidad de una ciencia formal, certeza perfecta y necesidad. No le reconoce a la geometría la perfección que tiene la aritmética, porque sus principios están extraídos de la apariencia general de los objetos; agrega que las afirmaciones de estas ciencias son intuitivas y demostrativamente ciertas.
«Que el cuadrado de la hipotenusa es igual al cuadrado de los dos lados, es una relación de figuras. Que tres veces cinco es igual a la mitad de treinta, es una relación de números.» [2]
Estas proposiciones pueden descubrirse por demostración o por mera operación del pensamiento, sin depender de lo existente, no admiten contradicción; si la contradicción existiera, no la pudiéramos concebir. Ahí radica su certeza y necesidad.
“Aunque no hubiera en la naturaleza jamás un círculo o un triángulo las verdades demostradas por Euclides conservarán su certeza o evidencia” [3]
Las cuestiones de hecho (mundo de los hechos y de las cosas), objeto de las ciencias empíricas (Biología, Química, Física), ciencias sociales, es decir, filosofía natural y la del hombre de la calle, producto de la observación y la experiencia, admiten su contrario, son probables y no caen en el campo de la demostración. La experiencia las confirma y las libera de su incertidumbre.
La certeza de las cuestiones de hecho, no dependen de la intuición intelectual en el sentido Cartesiano, no son conceptos. Es una certeza que está bajo la relación causa y efecto, siendo la fuente del conocimiento en Hume. “ Es evidente que todos nuestros razonamientos concernientes a las cuestiones de hecho están fundados en la relación causa y efecto, y que nosotros no podemos inferir la existencia de un objeto a partir de otro a no ser que ambos estén en conexión”.[4]
El enfoque de Hume no es ontológico , sino gnoseológico: no se trata del ser, si no del conocer. Es de la relación empírica que Hume habla, a él no le interesa la relación de causalidad del ser o causalidad aristotélica (causalidad metafísica). Esta causalidad está condenada a la hoguera.
“Si procediéramos a revisar las bibliotecas convencidos de estos principios ¡qué estragos haríamos¡ si cogemos cualquier volumen de teología o metafísica escolástica, por ejemplo preguntemos ¿contiene algún razonamiento abstracto sobre cantidad y el número? No. ¿Contiene algún razonamiento experimental acerca de las cuestiones de hecho o existencia ? No. Tírese entonces a las llamas, pues no contiene más que sofistería e ilusión”.[5]
Con la relación natural llegamos a las cuestiones de hecho, a la experiencia, razonamos por pruebas y probabilidades sujetas a la experiencia y a la observación.
EL HABITO DE LA CAUSA
Representa para Hume la columna vertebral de su teoría del conocimiento, sólo esta relación produce la conexión de un objeto con otro en la experiencia. La causalidad como relación tiene un doble carácter como: relación filosófica y relación natural. La causalidad como relación de comparación y la causalidad como asociación, respectivamente. Si tomamos 5 + 7 =12, independientemente comparamos el 5 + 7 como causas y el 12 como efecto y no obtenemos sucesión, la actividad mental es simultánea, no inferimos la idea de uno de los términos y luego la del otro, pudiéramos hacerlo a la inversa. Esta relación tiene certeza y necesidad, es una relación filosófica, ambas ideas están presentes, sólo las comparamos.
Por otra parte, si observamos el relámpago y el trueno, existe sucesión y nuestra imaginación lo presenta como asociación. Es ésta una relación natural causal producto de la asociación de nuestras impresiones. Es por la idea de relámpago como causa que por asociación inferimos un efecto, en este caso el trueno, carácter de la relación natural para llevarnos más allá de las impresiones apoyados en la observación .
Fuego y humo son dos hechos de los cuales tenemos impresiones: los podemos ver, sentir. No existe nada en las impresiones ni en sus ideas (como copias de impresiones) que nos lleve a la idea de causa y efecto, por más que escudriñemos no hay ninguna cualidad a título de impresión que nos dé la relación causada. Al compararlos, hallamos que son contiguos y temporales (el fuego precede al humo). Sólo contigüidad y prioridad (sucesión) hallo en la comparación, nada más. Estas son condiciones de la causalidad, pero falta algo, algo que me permita asociarlo, una “Conexión necesaria” entre ambos hechos, para que yo pueda inferir el uno del otro; porque dos objetos pueden ser contiguos y temporales sin existir entre ellos relación causal.
“La única conexión o relación de objetos que puede llevarlos más allá de las impresiones inmediatas de nuestra memoria y sentidos, es la de causa y el efecto. Y esto se debe a que es la única en que podemos basar una correcta inferencia de un objeto a otro” [6]
Si la relación de comparación sólo me da contigüidad y sucesión, es la relación natural (de la cual se deriva la experiencia) la que me da la asociación o conexión de los hechos. Es una necesidad causal que no la inferimos sino por observación y experiencia, no se obtiene por intuición ni por demostración, no es “a priori” es próxima o remota, es directa o colateral.
Hume se pregunta porqué causas particulares deben tener efectos particulares?. Dónde encontramos las pruebas y probabilidades necesarias en el conocer de las cuestiones de hecho, con las cuales se funda o argumenta el razonamiento causal? “En qué consiste nuestra idea de necesidad cuando decimos qué objetos necesariamente están conectados entre sí” [7]
Recordemos que en la primera parte del tratado nos dimos cuenta de que nuestras impresiones son de la reflexión o de los sentidos, y que nuestras ideas son copias de estas impresiones. La experiencia nos lleva más allá de los objetos que tenemos o recordamos e incluso, nos inclina al seguimiento de una serie causal para buscar la residencia de la primera impresión de la causa.
Sólo en la experiencia o en la avivación de ella, encontramos la asociación del fuego y del humo. Esta asociación la hemos vivido, experimentado repetidamente, y es gracias a la continuidad y sucesión por la que conjuntamos, producto de nuestra experiencia de su conjunción; experiencia que nos permite inferir un objeto del otro, la causa, el efecto.
Esta inferencia la realizamos por el dinamismo asociativo de la imaginación, ella suple “el otro” de la relación cuando sólo contamos con la presencia de uno; paso que está dado por las relaciones de los principios que asocian las ideas, unificándolas en la imaginación y determinando en la mente el carácter de necesidad, por la repetición habitual, cuando aparece uno de los objetos en la mente. “Los objetos tienen que estar conectados entre sí o no estarlo”. Lo contrario sería azar.
La idea de conexión necesaria no es demostrable, es una actividad de la mente, una especie de instituto natural producido por la impresión de ver los objetos o hechos unidos con su acompañante habitual. La experiencia nos informa de la repetición. La razón está incapacitada para demostrar esta relación. Constituye, entonces, la observación de la repetición dentro de la sucesión de la experiencia, la que nos proporciona seguridad y confianza para establecer pruebas y probabilidades de que el futuro será como el pasado, que el fuego es la causa del humo. Esto sólo es posible por el hábito y la costumbre: “Es imposible, por tanto que los argumentos de la experiencia puedan demostrar la semejanza del pasado con el futuro”.[8] No se puede establecer una inferencia lógica, sino psicológica, es la costumbre la que nos determina a creer que el futuro va ser igual que el pasado.
Hume ha planteado uno de los objetos de discusión y estudio más álgidos e importantes de la filosofía de la ciencia, la inferencia inductiva:
“Porque partiendo de esta experiencia establecemos una conclusión que va más allá de los casos pasados de que tenemos experiencia”[9]. En otras palabras, por qué establecemos esta semejanza de lo que sucede en algunos, debe pasar en todos?. Por qué a partir de un presente apoyado en el pasado empezamos a construir el futuro?.
Qué me lo asegura?. Si la experiencia sólo me da contigüidad, sucesión y conjunción constante.
Hume le da a esta pregunta una respuesta psicológica. Creemos en el futuro porque el pasado colabora con el presente mediante el hábito y la costumbre y nos induce a creer que el futuro es igual al pasado.
Son el hábito y la costumbre quienes generan el sentimiento de creencia, conformando una guía para la vida humana. Son un instinto natural y sin él los hombres y los animales no hubieran podido subsistir.
“Del mismo modo que la naturaleza nos ha enseñado el uso de nuestros miembros sin darnos conocimiento de los músculos y de los nervios por lo que son puestos en acción, así también ha implantado en nosotros un instinto que impulsa nuestro pensamiento en un proceso que guarda correspondencia con el que ha establecido con los objetos externos”[10]
El mundo real es el escenario. Nosotros somos los actores y la relación causa efecto es el libreto. Sin tal libreto no podríamos dar razón de la realidad que nos proporciona ideas que hacen parte de la creencia.
Existe una diferencia entre la aprehensión de la existencia de un objeto y la creencia en él; la diferencia se encuentra en el modo de concebirlos.
Cuando un amigo nos informa de algo y no estamos de acuerdo con su informe, concebimos su incertidumbre de acuerdo a la fuerza y a la vivacidad y se asocia y relaciona con la impresión que de él tenemos en el presente; creemos en él.
Consiste pues, el modo de concebirlo de acuerdo a la vivacidad y fuerza de las ideas de nuestro relator, donde su mensaje lo asociamos con nuestra impresión presente y adquiere realidad, realidad que nos induce a creer.
Característica ésta donde la ficción se distingue de la creencia. La creencia es una operación inevitable del alma, la sentimos todos, es una afección, no es voluntaria, nace de nuestra naturaleza y por esta afección creemos:»Que los casos de los cuales no hemos tenido ninguna experiencia se asemejan a aquellos de los que hemos tenido experiencias” [11]
Hume ha lanzado la pelota, dándole una explicación psicológica a la inducción y por ende, desconoce de plano la existencia demostrativa de la causalidad, la reduce completamente a cuestiones de hecho.
Cuando una causa no la podemos explicar, como en el juego de dados, opinamos que se debe al azar.
El azar es la imposibilidad de explicar una causa, el azar es neutral; considera las mismas alternativas en los eventos. Cuando las alternativas en el juego de dados se inclinan siempre a un resultado, el acontecimiento se hace probable. Probabilidad que no es más que una certeza acompañada, debemos buscarla en la experiencia.[12]
Hume ha colocado en la pared a la inferencia inductiva. La discusión está abierta, su planteamiento es que la ciencia trabaja sólo con presupuestos probables. Popper manifiesta al respecto: “En lugar de esperar regularidades como resultados de la repetición, propongo explicar las regularidades como resultado de nuestra propensión a esperar regularidades”
Desde la perspectiva de Popper debe existir un presupuesto teórico puesto por nosotros, para orientar la inferencia inductiva y poder hacer crítica la observación. La ciencia se va construyendo a través de conjeturas cada vez más aproximadas a la verdad. La inferencia inductiva requiere de una imaginación creativa que nos permita orientar y unir los datos observados.
[1] HUME David, Tratado de La Naturaleza Humana . Sección XII, Parte I, 1988, pág. 138.
[2] HUME David, Investigaciones del conocimiento humano. Alianza Editorial .S.A. 1981 Traducción Jaime de Salas. Segunda Edición, pág. 250.
[3] Ibidem, pág. 48
[4] HUME David, Tratado de La Naturaleza Humana . Tomo II,
pág. 63.
[5] HUME David, Investigaciones del conocimiento humano.Op.Cit, pág. 192.
[6] Ibidem, pág.197
[7] HUME David, Investigaciones del conocimiento humano. Op.Cit, pág. 278
[8] Ibidem, pág. 60
[9] HUME David, Investigaciones del conocimiento humano. Op.Cit, pág. 199
[10] Citado por RABADE, Romero, Sergio . Hume y el Fenomenismo Moderno Editorial Gredos . Madrid, pág. 232.
[11] HUME David, Investigaciones del conocimiento humano. OP.Cit, pág. 217
[12] Popper Karl. Conocimiento Objetivo.
David Hume
Nació el 26 de Abril de 1711, en Edimburgo, Lothian (Escocia). Ingresó en la Universidad de Edimburgo a los doce años. Hume abandona en 1729 los estudios de Jurisprudencia por los de filosofía, tras la lectura de Bacon, Locke y Berkeley, la necesidad de cambio del método filosófico hasta entonces empleado: la filosofía -piensa- sólo podrá sostenerse en virtud del método experimental.
Durante este periodo escribió su obra más importante, Tratado de la naturaleza humana (3 volúmenes, 1739-1740), que constituye la síntesis de su pensamiento. Ésta pasó desapercibida y, como dijo el propio Hume, «nació muerta», tal vez por culpa de su estilo abstruso. Tras la publicación de su Tratado, Hume comenzó a ocuparse de problemas de ética y economía política. Por esto escribió Ensayos morales y políticos (2 volúmenes, 1741-1742), que lograron un gran éxito.
Hume fue de una generación a la que pertenecen figuras tan destacadas como Adan Smith, Francis Hutcheson o Samuel Butler, es considerado el más importante pensador británico del siglo XVIII. Es, además, con Voltaire, Diderot y Rousseau, entre otros, uno de los grandes filósofos de la ilustración europea.
Hume estuvo muy influido por los filósofos ingleses Bacon, John Locke y el obispo y filósofo irlandés George Berkeley. Tanto Hume como Berkeley diferenciaban entre la razón y los sentidos. Hume, sin embargo, fue más allá e intentó probar que la razón y los juicios racionales son tan sólo asociaciones habituales con diferentes sensaciones o experiencias.
Sus Ensayos filosóficos sobre el entendimiento humano se publicaron en 1748. En 1752, aparecieron sus Discursos políticos, y un año después, tras volver a intentar una cátedra en la universidad, le nombraron titular de la Biblioteca de la abogacía de la ciudad. En este periodo, que duró doce años, Hume trabajó ante todo en su obra de seis volúmenes Historia de Inglaterra, que apareció por entregas desde 1754 hasta 1762.
De 1762 a 1765 desempeñó el cargo de secretario del embajador británico en París. Allí conoció a los prohombres de la ilustración (Diderot, D’.Alembert, Buffon, Helvetius, etc) fue exaltado en los círculos literarios parisinos y forjó amistad con el filósofo francés Jean-Jacques Rousseau, quien le acompañó en su regreso al Reino Unido, amistad que se rompe al poco tiempo.
Pasó luego a ser subsecretario de Estado en Londres (1767-1768), y tras este trabajo se retiró a Edimburgo, donde permaneció el resto de su vida. Falleció el 25 de agosto de 1776. Su autobiografía fue publicada con carácter póstumo en 1777, los Diálogos sobre la religión natural (1779). Hume había escrito los Diálogos hacia 1750 pero ocultó su trabajo a causa de su naturaleza escéptica.
Newton constituye para Hume el paradigma del método científico, el modelo a imitar de lo que debe ser su filosofía. Kant afirmó : Agradezco a Hume por haberme despertado de mi «sueño dogmático». Se dice que el criticismo Kantiano sería inexplicable si no tuviera como uno de sus antecedentes la filosofía del gran pensador escocés. Igualmente el pensamiento de Hume ejerció una decisiva influencia en Einstein y en los neopositivistas.
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